Las Catacumbas Cadistas - Foro sobre el Cádiz C.F.

Alfredo Ortuño y la comunicación no verbal

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Alfredo Ortuño y la comunicación no verbal

Mensaje por piero el Lun 26 Dic 2016 - 11:47

Pues nada, que ayer no jugó el Cádiz y tenía ganas de escribir algo. Aprovecho para felicitaros las fiestas.

ORTUÑO Y LA COMUNICACIÓN NO VERBAL

No descubro nada, pero no está de más recordarlo: en el mundo más globalizado que se ha conocido desde que Adán inauguró las tareas de recolección de manzanas, la incomunicación nos ha salido al paso como paradójico problema. Las redes sociales se han convertido en una fábrica de solitarios, de individualistas que cimentan sus relaciones a golpe de teclado. Y un teclado, aunque puede generar maravillas, tiene limitaciones: se pierde el matiz, el tono de voz, el gesto. A menudo olvidamos que es precisamente en los gestos y en las miradas donde suelen esconderse las claves que descifran una actitud o una vida.
Algo de esto me viene a la cabeza cuando veo correr por el césped del Carranza a Alfredo Ortuño cuyo lenguaje gestual no puede ser más diáfano ni más indicativo de sus propósitos. Su carrera es la plasmación física de la desesperación del depredador: el cuerpo erguido, los ojos fijos en la presa, la determinación indesmayable. Cuando caza la pelota, no hace prisioneros: la descuartiza y la devora. A veces con la precisión del cirujano y otras con la virulencia del hambriento, pero el final siempre es el mismo: un balón destrozado, enredado en el fondo de una portería.
No acaba ahí la transparencia del discurso corporal del ariete: cuando se frustra, arremete sin empacho contra el rival (un par de tarjetas así lo atestiguan) sin preocuparse de disimulos. Y si hay disputas territoriales, no se achica: cabeza contra cabeza, refriegas, brazos levantados.
Y es que Ortuño pertenece a la estirpe de los delanteros feroces, no en balde fue compañero de Diego Costa. Su actual identidad viene determinada por su biografía: un trotamundos siempre a medio camino de ninguna parte, un mercenario sin raíces, un jugador al que la palabra triunfo le quedaba grande… Todo eso era Ortuño y de todo eso quería huir. Fugitivo del desarraigo, ha encontrado en el Cádiz algo parecido a una familia (amén de un trampolín hacia la gloria). Que una grada coree un nombre es lo más parecido a un bautizo futbolístico, a un rito iniciático de pertenencia: eres de los nuestros, te queremos. Quédate.
A la confianza del cuerpo técnico y de la afición ha respondido el yeclano de la mejor manera posible para un delantero: con una catarata de goles de todas las facturas. Sereno en la definición, veloz en el desmarque y certero en el testarazo, Ortuño ha desplegado un muestrario tan variado como las fotografías de un viaje alrededor del mundo: aquí el Niágara, aquí unos amigos, aquí un golazo por la escuadra. Y más allá de los goles, el ariete ha participado en el juego del equipo de múltiples maneras: colaborando en la presión como el primer defensa, recibiendo de espaldas para desahogar la salida del balón, alimentando a los extremos en los contragolpes. En todo eso ha contribuido y todo lo ha hecho bien, uniendo el acierto a una encomiable voluntad de mejora, a una ambición honesta que ha sido la gasolina de su crecimiento exponencial.
He intentado rebuscar en mi memoria un precedente similar en nuestro equipo, un delantero cadista equiparable no ya en calidad (aquí hemos disfrutado de Mágico o de Kiko) sino en características y no he encontrado un cromo que resolviera la ecuación. Si con el genio jerezano comparte el juego de espaldas y la distribución, les separa la fiereza. Si con Paco Baena o Salva Mejías se hermana en capacidad goleadora, les diferencia la versatilidad. Pensé por un instante en Quino, pero donde el ex-valencianista ponía temple, técnica y pausa, Ortuño mide a su rival con una mirada rabiosa (de nuevo, los gestos) y toma atajos tan eficaces como austeros. Así, es muy posible que nuestro actual ariete sea el primero de su especie en vestir de amarillo y es más que probable (escribo esto con los dedos cruzados) que solo lo haga durante una temporada.
Si finalmente se marcha buscando mejores horizontes, es seguro que lo recordaremos como se recuerdan los amores de verano o aquel camarada con el que compartimos correrías: con infinito cariño y una media sonrisa engendrada por la melancolía.
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piero

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